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04/01/2022

Luz, gas, gasolina y butano: los jinetes del 'apocalipsis' energético para 2022


Las previsiones y las circunstancias que rodean el año saliente están llenas de subidas, inestabilidades, conflictos y tensiones, que trazan un panorama poco halagüeño para consumidores y cuentas públicas.




Como si del libro de las Revelaciones se tratara, 2022 traerá consigo cuatro elementos que marcarán los 365 días del año entrante. Lamentablemente no lo harán para bien. La mayor parte de las previsiones del próximo año y circunstancias que rodean el saliente están plagadas de subidas, inestabilidades, conflictos y tensiones que no auguran nada bueno para el bolsillo del consumidor… y de las cuentas públicas. Tanto la geopolítica como el sistema energético nacional condicionan las previsiones que pueden realizarse para 2022. La situación que se está viviendo en Ucrania con miles de soldados rusos a las puertas de Kiev pone en riesgo el suministro de gas a Europa.

En el otro lado del Planeta, la insaciable demanda asiática limita la capacidad de abastecimiento de GNL a los puertos europeos y el panorama no es mucho mejor en el otro lado del Atlántico, donde la quiebra de miles de empresas dedicadas a la extracción de gas de esquisto está acabando, poco a poco, con el control de precios que hace apenas unos pocos años Occidente tenía sobre el barril de petróleo. En el mercado de productos derivados la cuestión no está mucho mejor. La cadena de suministro, la autonomía energética de muchos países y la guerra abierta en el sector por ser cada vez más renovables descuidando la generación de energía convencional, provocan que, en el downstream (el refino y el procesamiento del petróleo y el gas natural), los márgenes continúen siendo grandes, pero a la par tengan que convivir con más competencia entre empresas.


La electricidad continuará siendo un producto de lujo

2021 está demostrando que el aumento de la factura de la luz no tiene fin. Las previsiones iniciales señalaban que los precios podrían moderarse durante el primer trimestre del año. Sin embargo, los últimos acontecimientos en Ucrania marcarán la escalada de precios del gas y también las posibilidades con las que Europa podría llenar sus reservas para afrontar el invierno del continente.

Este ha sido el primer error estratégico de la Unión Europea. Hasta 2021 las reservas de gas que abastecían a Europa en el crudo invierno se llenaban durante los meses de septiembre y octubre. Es en esta época cuando el precio del gas suele ser más bajo y, por lo tanto, rellenar los depósitos esparcidos por todo el continente resulta más barato. Este año las tornas han cambiado y por una u otra razón, lo cierto es que la decisión para abrir el grifo se ha demorado en exceso. A día de hoy, las reservas de gas de la Unión alcanzan el nivel más bajo de la historia y, en el otro lado de la balanza, los precios del gas están por las nubes. Así, inyectar gas en los depósitos de la UE que lo necesitan es tres veces más caro de lo que fue el año pasado, con la demanda por los suelos debido a la evolución de la pandemia y las restricciones que llevaba aparejada.

La incidencia en el precio de la materia prima repercute directamente sobre el de la electricidad. Esto ya es una cuestión técnica que también afecta al conjunto del continente. Casi todos los países de la Unión Europea están acogidos a este sistema en el que la última tecnología que entra para cubrir la demanda de energía es la que marca el precio. El problema es que fue un sistema diseñado para una serie de tecnologías que en la actualidad están superadas por las energías renovables.

Estas entran a un coste muy bajo, al igual que la nuclear. Sin embargo, cuando no cubren toda la demanda energética hacen falta otras que son más caras y que suponen que el resto reciban una remuneración más elevada que la inicialmente proporcionada. La ecuación se complica cuando los precios se disparan, puesto que encarecen en un 40% el coste de la factura que todos pagamos en el recibo de la luz. Hasta bien entrado 2022 no está previsto que la situación cambie, por lo que los consumidores domésticos continuarán pagando a precio de oro la luz que gastan en las viviendas y locales comerciales, a no ser que el gobierno, que apenas dispone ya de margen, pueda intervenir directamente sobre el sistema.


El gas es cada vez más escaso

Y no lo es por una cuestión menor. La geopolítica ha hecho que una energía que estaba llamada a servir de transición en el cambio de modelo energético se haya convertido en la más cotizada. El gas continuará siendo durante mucho tiempo una energía necesaria para la industria y para garantizar el despliegue renovable. La ofensiva fiscal contra él se explica para desincentivar su uso en favor de otras tecnologías menos contaminantes. Es una teoría válida pero sólo para el caso de que se pudiera elegir entre otras y por el momento el gas es insustituible. Encarecerlo vía impuestos es una muy mala opción, como se está comprobando en el mercado de emisiones de CO2.

Gran parte del aumento en los precios del gas en el mercado ‘spot’ se debe a los derechos que gravan la emisión de CO2. La curva de costes para las empresas está llegando a niveles límites. Durante el mes de diciembre ha llegado a alcanzar los 90,69 euros por tonelada, casi el doble de los 50 con los que cotizaba en julio y la tendencia es que siga ascendiendo y supere los 100. Pese a que el principio basado en que aquel que contamina debe pagar reside fundamentalmente en este mercado, lo cierto es que también provoca distorsiones en el funcionamiento general del sistema. Gran parte de las tecnologías que entran en el mismo acuden al mercado de emisiones ya que incorporan en mayor o menor medida “gotas contaminantes” en su producción. El gas es una de las que más paga por ello, pero al entrar la última “subvenciona” al resto que también han acudido a este mercado. Dicho de otra manera: el gas paga al resto su peaje impositivo al acudir al mercado de CO2: una especie de beneficios caídos del cielo, pero a la inversa.

Junto a esta variable técnica navega también la política. Rusia tiene la llave para suministrar gas a Europa y con toda probabilidad cerrará los gasoductos que proveen gas a la Unión en caso de que esta, como ya ha anunciado, imponga sanciones a Moscú por su actuación en Ucrania. Mucho tendrán que valorar los europeos su respuesta si no quieren quedarse más fríos que nunca durante los meses de invierno de 2022. Putin ha comenzado a enseñar los dientes. Los flujos de intercambio de gas desde Rusia a Europa a través del gasoducto Yamal registraron el viernes pasado los niveles más bajos conocidos hasta la fecha.


La gasolina llega a niveles históricos

El tercer jinete galopa sin hacer ruido, pero lo hace muy rápido. Su precio está en umbrales no conocidos desde hace una década. Esto implica que, para un depósito medio de combustible de 55 litros de gasolina, el consumidor tenga que pagar casi 85 euros, mientras que si su vehículo se alimenta de diésel lo hará a más de 75. Las vacaciones presupuestarias que nos proporcionó el confinamiento durante 2020 y parte de 2021 se han terminado y la curva de precios a los que cotiza la gasolina está en su pico más alto.

La postura que mantiene la OPEP proporcionaría visos de aliviar la factura en el combustible, pero el incremento de la producción está siendo muy lento, lo que no soluciona el problema. Aun más: lo agrava. El recrudecimiento de la pandemia debido a la variante ómicron puede reducir la demanda de combustibles, como ya sucedió en anteriores olas. A menor demanda, mayor son las posibilidades de que la OPEP decida reconsiderar su posición inicial y vuelva a restringir los centenares de miles de barriles que se comprometió a sacar al mercado el pasado verano. Así las cosas, los pronósticos coinciden en que el precio del combustible continuará en los actuales niveles y a no ser que ocurra algún acontecimiento extraordinario será difícil que vuelvan a los niveles que disfrutamos durante las épocas de confinamiento. Una muy mala noticia para la economía doméstica y el sector de los transportes.


El butano batiendo récords

Al igual que la gasolina, la sombra de la bombona de butano planea silenciosamente por el espectro energético español. Los gases licuados del petróleo están condicionados por el coste de la materia prima. Si esta sube, lo lógico es que estos también lo hagan. La espiral en la que se ha metido la bombona nos ha llevado a subidas continuas de alrededor del 5% cada dos meses acercándose cada vez más a los índices de 2015. En el caso del butano, el problema, además de económico, es político.

Tradicionalmente se ha vinculado su existencia con consumidores vulnerables, bien por estar alejados de zonas urbanas o energéticamente conectadas, o bien por no tener una red de aprovisionamiento gasístico cercano. Incluso en las ciudades, aquellos hogares que aun cuentan con el butano como fuente primaria de energía se identifican con consumidores vulnerables. Este factor es el que provocaba que el gobierno mantuviera congelados o bien bajo su control cualquier tipo de subida que afectara a este público.

Sin embargo, el consumidor de butano ya no es el que era y su poder adquisitivo tampoco. Sin crearse una burbuja como la ocurrida con el déficit de tarifa en la electricidad, lo cierto es que el ejecutivo parece haber entendido que la energía debe pagarse al precio que cuesta y ha procedido a actualizar los precios desde que retiró las medidas para reducir el impacto que la Covid-19 causó en la economía nacional. La previsión es que sigan subiendo al mismo ritmo del 5% hasta que alcancen su valor real. 2022 será un año complicado para nuestras facturas. Un terreno en el que los cuatro jinetes del apocalipsis energético marcharán desbocados por la Península, en busca de un obstáculo que pueda frenarles en su escapada.


Fuente: La Información